Madrid

 

«No es posible dar un paso.» —«Esto es abominable.» —Son las frases que escuchamos por todas las calles, frases constantemente repetidas, y por desgracia verdaderas. Madrid se rejuvenece; toma aires de gran capital; se muestra orgullosa con esa red interminable que la rodea, vasta urdimbre de hilos que da ciento y raya a la famosa tela de Penélope. Y mientras tanto, los transeúntes se estrujan por las estrechas aceras esquivando peligros serios y ridículos; ya es un carruaje que nos salpica de barro, o un tranvía que pasa sonando su fastidioso timbre, o la manga de riego que amenaza con un baño.

Aquí un edificio en demolición; allí una casa que surge de las ruinas; en otra parte un andamiaje; más allá los trabajos del alcantarillado, la re-composición de cables subterráneos, de tuberías de gas; de lineas enteras para cuya renovación es preciso levantar todos los adoquines de una calle, o remover las piedras, o deshacer el asfalto.

Una verdadera delicia para los que nos vemos obligados a caminar grandes distancias con él único auxilio de nuestros pies; un encanto que los ricos no saben «disfrutar». Todo esto será muy moderno; la civilización entra a torrentes en la corte de España, pero el público lo paga todo y al que paga no se le debe amargar la existencia con tanto deseo.

Para atravesar hoy cualquier calle concurrida es preciso hacer una verdadera gimnasia do oídos y de vista, tantear el terreno con cuidado escrupuloso y dar a cada paso un suspiro, diciendo: «De buena me he librado».  Los reglamentos do policía resultan inútiles y falsas las reglas de urbanización; no se respeta nada ni a nadie.

No es extraño que un extranjero me hiciera observar hace algunas semanas, las repetidas advertencias que cubren el interior de los tranvías, como la cuarta plana de un periódico: «Se prohíbe bajar en marcha.» «Se prohíbe bajar por la entrevía.» «Se prohíbe fumar.» «Se prohíbe hablar al conductor.» «Se prohíbe escupir.» «Se ruega la conservación de los billetes.» etc., etc. ¿Pero qué público es éste, me dijo mi interpelante, que exige tantas advertencias, tantos ruegos y tantas prohibiciones? No supe contestar, pero me digo para mí: es el mismo que sufre con santa paciencia los constantes peligros de las calles.

La autoridad ordena que se pongan esos carteles, porque no tiene confianza en lo que manda. El tranvía en que marchábamos iba completamente lleno; un paisano se confió en subir a viva fuerza y el cobrador le rogó que bajase. Se coló a empujones, enseñando no sé si una tarjeta o un bastón; era de la policía; razón suprema que no admitía réplicas. El extranjero y yo sonreímos, mirando los carteles de la plataforma: él con risa benévola, yo avergonzado.

J. Pérez Guerrero. (Revista Actualidades, Madrid, año 1901)

 

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